María Alejandra Berroterán

Comunicadora social independiente

The heat of the news

“- Dad, why do you want to go near the fire?

– Porque tengo que decirle a la gente lo que está pasando, mijo”

Diálogo entre Agustín Duran, periodista de La Opinión, y Steven de 10 años.

Los noticieros de la televisión ya lo habían dicho la noche anterior: varios incendios azotaban California. “Esto pasa todos los años, casi lo tenemos metido fijo en agenda para cada mes de octubre. Nos toca levantar la información oficial, iremos a recoger algunos testimonios y nos regresamos”, me dijo Agustín Durán, reportero de La Opinión a quien yo acompañaba ese día. Steven, su hijo de 10 años, no tenía clases y no se quería quedar solo en casa.

Pero fue casi al final de la mañana del lunes, cuando las autoridades y los medios de comunicación se dieron cuenta que el infierno estaba cerca pues más de 10 brotes de fuego rodeaban a la ciudad de Los Ángeles. En el propio condado había cuatro, uno de ellos destruyó gran parte de Malibú. Los condados vecinos sufrían su propia tragedia. Los bomberos de San Bernardino intentaban apagar a Slide y Grass Valley. Salimos para Orange County a cubrir Santiago, uno de los incendios menores, pero a mitad de camino recibimos la instrucción del editor de ciudad de ir hasta San Diego para buscar información sobre el incendio Witch que -junto a Harris en el mismo condado- se había convertido en uno de los incendios más grandes.

Mientras el LA Times disponía de 68 reporteros para cubrir la información de los incendios californianos, Yurina Rico, Rubén Sánchez y Agustín Durán se repartieron la carga de llevar esa información a los lectores de La Opinión.

San Diego se las veía negras, literalmente, pues el humo sólo permitía ver un sol naranja en lo alto del cielo, y respirar era una proeza. Mientras muchos ciudadanos eran desalojados de los lugares de riesgo, los periodistas en cambio se acercaban. El canal con sentido Los Ángeles- San Diego de la carretera interestatal 5, estaba despejado. Los reporteros eran los únicos –además del personal paramédico- con  licencia para pasar las barricadas policiales.

Entre ellos estaba Agustín, su colega venezolana y Steven. “No imaginé que esto se pusiera tan feo, lo habría dejado en casa”, se lamentó Agustín tras una larga búsqueda de caminos que rodearon las llamas y que permitieran conseguir la información.

Aunque es la primera vez que él “cubre” un incendio, Steven está entrenado para seguir las instrucciones de su papá. Ya sabe que debe esconderse en el suelo de la camioneta cuando pasen por una alcabala de la policía porque los niños no pueden pasar hasta el comando principal o los puestos de medios de comunicación.

– Dad, why do you want to go near the fire?, preguntó Steven. 

“Porque tengo que decirle a la gente lo que está pasando, mijo”, respondió Agustín.

Isn’t it dangerous?, replicó el niño.

“Si, pero necesitamos saber cuántos latinos están afectados y cómo están haciendo para estar a salvo”.

Preguntamos en cada alcabala policial, pero nadie sabía con exactitud dónde estaba el comando central. “Es que estaba en Ramona, pero el fuego venía bajando con fuerza y lo movieron de allí. No me contestan en la radio”, explicó un oficial en Escondido, un pueblito que albergó a los damnificados que dejó Witch.

Dimos varias vueltas por calles cerradas, caminos de desviación y direcciones erradas. Una de ellas nos llevó a pasar por el rastro que el fuego había dejado. Aunque sorprendente, era un paisaje imaginable: las casas derrumbadas, las siembras consumidas y chamuscadas, las cenizas en el aire, el calor abrazante y el cielo anaranjado. Lo que no resultaba convencional eran los límites muy bien marcados entre una casa y otra, entre la que se quemó y la que sólo estaba sucia por las cenizas vecinas. “Están investigando algunos casos, porque sospechan que el fuego fue provocado”, declaró un sheriff vial.

Logramos llegar a Escondido High School, en cuyo estadio se refugiaban los que venían huyendo del fuego. “Mi mamá no quería salir de la casa porque es muy terca, pero cuando el humo invadió el cuarto solamente agarramos una chamarra, un pote de agua y nuestros siete gatos”, contó una sobreviviente. Jesús Martínez, en cambio, salió un poco antes de medianoche del domingo porque no quiso correr riesgos con sus cuatro hijos y su esposa. “Pasamos la noche en el estacionamiento de un centro comercial. No sé si tengo casa, pero estamos vivos”, comentó mientras cuidaba que sus hijos mayores no se perdieran entre la multitud.

El sentido de organización de los estadounidenses se mostró en la respuesta inmediata que se da ante desastres naturales: la Cruz Roja llevaba las riendas, la directiva de la escuela puso las instalaciones a disposición, los comercios de comida, medicamentos y lencería enviaban suministros sin necesidad de convocar. Pero la sangre latina mostró lo que más la caracteriza: el calor humano. Más de 15 voluntarios latinoamericanos se presentaron para prestar sus brazos: para cargar cajas, para servir de apoyo a los ancianos que llegaban, para dar instrucciones en el estacionamiento, y para distraer a los más pequeños.

Mientras yo tomaba fotos del refugio improvisado, Steven escuchaba atento los testimonios de los personajes que su papá entrevistaba. Él no habla español, pero entiende todo lo que le dicen. Describe el trabajo de su papá de la siguiente manera: “Anda por ahí queriendo saber todo lo que pasa, lo escribe para el periódico y otra gente se entera al día siguiente. Debe ser importante porque muchas veces está preocupado”.

A las seis de la tarde aún estábamos en el refugio, y no pudimos encontrar un centro de conexión a Internet. En un día normal, tomaría dos horas en llegar a Los Ángeles desde San Diego, pero debido a las órdenes de evacuación las colas en la carretera interestatal 5 eran interminables. Agustín entonces recurrió al clásico recurso periodístico: escribir la nota a mano, en su libreta y con un cálculo al “ojo por ciento” de la cantidad de palabras que llevaba. Lo siguiente fue llamar por teléfono a la redacción para que la nota pudiera ser publicada al día siguiente.

Afortunadamente, el regreso a la ciudad nos tomó poco más de tres horas: llegamos a downtown LA a las 10.30 de la noche. Agustín regresaría al día siguiente para hacer seguimiento a la información. Mis fotos del refugio fueron publicadas en la galería de imágenes de la página web del diario.

Steven tuvo clases ese martes. A mí me tocó monitorear las cifras oficiales desde la oficina y ubicar telefónicamente a un ex secretario de las Naciones Unidas –Alejandro Orfila- para saber si vivía. Orfila, su esposa Heidi y su ama de llaves estaban en Encinitas: “Estamos bien. No sé de mi casa, pero al menos la contestadora telefónica responde, ya llamé”.

Terminator reconoció que no podría salvar a California solo, como lo hacía en sus películas, por lo que el gobernador Arnold Schwarzenegger pidió ayuda federal a George W Bush. Siete incendios en un solo condado era razón suficiente para llamar refuerzos de otros estados del país.

Para el jueves primero de noviembre, los cuerpos de bomberos habían luchado contra 23 wildfires, el adjetivo en inglés describe con más exactitud a los incendios voraces, difíciles de contener y de fácil esparcimiento, que invadieron al estado de California durante una semana.

[Sobre mi experiencia cubriendo incendios forestales durante octubre y noviembre de 2007]

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